Innovar no requiere de inspiración, talento o creatividad.
Lo que realmente necesita es atreverse; no cerrar los ojos, abrirlos plenamente
y demostrarle al resto cuál es el camino. Si no te atreves, mejor quédate
sentado y no interrumpas el paso de los que si quieren hacerlo.
Las soluciones planteadas se apoyaron naturalmente en
estrategias de comunicación, en movimientos sociales o sencillamente en
automáticas e inseguras propuestas marketeras. De innovación nada. Confesarían
después que estaba tan fuera de sus requerimientos diarios, que no supieron
cómo abordarlo. No pudieron pensar como consumidores, ni menos situarse en su
día a día como shoppers.
Hoy los miedos son parte de la cultura de los resultados a
mediano plazo, de esfuerzos poco ambiciosos y escasez de retos. No podemos
pensar en innovación si seguimos apalancando el branding como punta de entrada.
Cannes haces años que viene con una demostración tácita que la
innovación/sorpresa/cambio más allá de una tendencia, es un poro abierto en el
marketing. La publicidad como hoy la conocemos está cambiando a una velocidad
tan grande, que los más temerosos van a quedar enterrados precipitadamente
antes que puedan reaccionar.
Es por esto, que la curva de la necesidad y la ambición cae
precipitadamente cuando la transformamos en realidad y en donde los temores
asociados a entregar resultados, sobre todo en un terreno que desconocemos y
que cubre toda nuestra cara, nos termina arrinconando orgánicamente hacia la
trivialidad y la rutina.
Es, de alguna forma, un miedo puro de aquellos casi
infantiles; completamente irracional, que instintivamente te mete debajo de las
sábanas, inmovilizándote a dar un paso y correr al choque, por que ese mismo
miedo es el que te hace creer que no puedes innovar. Quizás la innovación sigue
siendo una utopía para muchos, y prefieren que los lleven tomados de la mano y
que les dejen un algodón de dulce en la otra.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario